Lecciones del COVID-19: consideraciones finales

Durante y después de esta tragedia humana de la Pandemia del COVID-19, en sus aspectos sanitarios, económicos y sociales, nuestra pregunta resumen final es:

¿Terminaremos aprendiendo algo para mejorar el futuro?

¿Pasará como algo fugaz, sin anclaje en el recuerdo?

La confianza en la capacidad de aprendizaje de la mayoría de las personas parece la única respuesta inteligente. No sin antes felicitarte, amigo lector, por haber llegado hasta aquí en tu lectura, vamos a concluir con unas pocas consideraciones finales.

La educación integral: la llave del cambio transformador

La sociedad pide a gritos un capital humano educado en valores básicos como el respeto, el esfuerzo, la honradez, la reflexión, la lectura y la pasión por las cosas bien hechas. Obviamente, el liderazgo de la educación está depositado en la familia y en el sistema educativo, incluyendo en éste a las Universidades y Escuelas de Negocio. Estas últimas han sido especialmente criticadas en la última década, por proporcionar una formación empresarial sin orientación ética.

Como respuesta, han incluido la ética empresarial como materia curricular, pero en la categoría de las siempre polémicas asignaturas llamadas “marías” o de poca importancia. La formación, en base sólo a estos contenidos curriculares, creemos que carece de una visión que abarque el ciclo integral de aprendizaje, en el que podemos ver tres etapas básicas:

a) Aprendizaje por imitación

En el primer momento, es esencial el aprendizaje por imitación. Desde la mismísima educación infantil, los centros educativos y los componentes de la comunidad educativa, incluyendo la formación superior, han de valorar y poner en marcha su capacidad para contribuir en este eslabón educativo al cambio transformador, basado en la imitación y el ejemplo.

b) Aterrizaje en el campo laboral

Un segundo momento, o eslabón clave, es el aterrizaje en el campo laboral. Aquí puede quedar destruida cualquier semilla de cambio, pero también puede quedar afianzada y dar sus frutos. Esto depende, no solo de las decisiones personales, sino de encontrar un entorno organizativo que sea un campo de cultivo abonado con la cultura de sostenibilidad y la existencia de un liderazgo ético sólido.

c) Madurez profesional y capacidad de transmisión de aprendizajes

En una tercera etapa, tenemos a personas que se encuentran en plena madurez profesional y capacidad para transmitir aprendizajes de mucho valor. Estos activos, en general, se pierden y sus propietarios quedan expulsados del mercado. De esta situación podríamos excluir a Japón, donde las empresas disponen de modelos de tutorización con el que los seniors siguen aprendiendo y, sobre todo, transmitiendo conocimientos y valores corporativos. Con ellos se cierra el ciclo de la formación integral a lo largo de la vida.

No se puede afirmar con seguridad que vayamos a aprender, pero sí que tenemos más oportunidades de aprender. Cada vez hay más empresas y organizaciones con un enfoque de responsabilidad social para el negocio y la sostenibilidad. Su posición de bisagra, entre la formación académica y la etapa de cierre del ciclo integral de la formación, les permite actuar como elemento dinamizador en sus alianzas con el mundo de la formación reglada, además de ofrecer un cauce para aprovechar el conocimiento, frecuentemente derrochado, de las personas que se encuentran en su momento cumbre de madurez profesional.

La coincidencia de los contrarios y la crisis de identidad empresarial

Muchas empresas están todavía mirando por dónde ir. Estamos en un momento de confusión profunda sobre la identidad, razón de ser y propósito de la empresa. En buena parte se debe al rechazo social que está generando una curiosa coincidencia en la idea todavía existente sobre el propósito de la empresa, idea que procede de pensamientos contrarios.

La búsqueda de la “rentabilidad para el inversor” como único sentido y propósito de la actividad empresarial sigue siendo un pensamiento recurrente. Este pensamiento sobre el propósito de la empresa, bastante arraigado en el mundo “empresarial”, es compartido por sectores de la sociedad y organizaciones con un pensamiento, en general, “anti-empresarial”. Para este último, la empresa es también el escenario donde el inversor sólo se ocupa de sus beneficios.

En ambos casos, la visión empresarial es coincidente, en el sentido de que ambos consideran que el propósito de las empresas es producir resultados para una única parte interesada; la del inversor. El escaso aprendizaje obtenido, tanto de las crisis económicas producidas por una economía débilmente regulada, como del fracaso de las economías estatalizadas, escenificado en la caída del muro de Berlín, permite entender esta insistente coincidencia.

Ha llovido más que suficiente para que siga creciendo un “nuevo concepto” de empresa y un “nuevo modelo” de relación sociedad-empresa. Este desarrollo exige un esfuerzo por destruir, ya mismo, ideas obsoletas y viejos ídolos de la mente, que se apoderan de ella y vuelven a surgir de manera recurrente. Es una resistencia al cambio, que supone asumir una nueva cultura empresarial y una visión sostenible de las organizaciones empresariales, presididas por los principios de la gobernanza transparente, la responsabilidad social, la visión estratégica y global, la comprensión sistémica de la interacción de la empresa y los negocios con su entorno, así como el papel clave de la implicación de las personas para emprender, innovar y crear valor para todos.

El desarrollo pleno de todo el potencial de la actividad empresarial pasa principalmente por un cambio de pensamiento sobre el propósito y razón de ser de la empresa. Se va abriendo camino el concepto de empresa como espacio donde desarrollar la innovación y la creación de valor compartido para todos/as. Este pensamiento abre una vía lógica para superar el rechazo de la sociedad moderna a la idea de “empresa al servicio de una sola parte”, en la que coinciden los ya viejos y obsoletos pensamientos contrarios.

El cambio social

El Pacto Mundial para su programa de objetivos 2030 nos pide que “ayudemos a cambiar el mundo a través de los negocios”.

Esto suena cada vez menos utópico o quijotesco. Es un propósito con el que creemos que merece la pena identificarnos por su capacidad para inspirar y dar un sentido más pleno a la actividad, a la gestión empresarial y al trabajo diario de las personas.

Al contrario de lo que durante mucho tiempo se creyó sobre el cambio político/social, creemos que éste ya no viene desde arriba, desde un único grupo de personas organizadas, que interpreta las necesidades de la sociedad y declara su pretensión de satisfacerlas. Este enfoque del cambio social tiene como debilidad importante la inercia de la “burocracia”, ya identificada por Max Weber. Las organizaciones modifican su misión de servir a la sociedad para dar prioridad al logro de la propia supervivencia y la satisfacción del interés de los individuos que viven de ellas. El cambio social con este enfoque ha llevado a callejones sin salida.

El Pacto Mundial para su programa de objetivos 2030 nos pide que “ayudemos a cambiar el mundo a través de los negocios”.

El cambio a la inversa, desde abajo, liderado por personas educadas en valores, con sensibilidad social y resistencia al virus del poder y sus procesos de corrupción, está en los cimientos del cambio, pero es insuficiente sin un entorno adecuado.

Son varios los factores que pueden estar ya produciendo una transformación social observable. La responsabilidad personal individual, dentro de un marco institucional de libertad, cuenta con un amplio campo de acción en el terreno medioambiental, económico y social. También está creciendo el nivel de compromiso de las empresas y organizaciones, de las naciones y de los organismos internacionales para el logro de los objetivos de cambio mundial. Este alineamiento individual y social, unido a la formación integral, entre otros factores, nos permite un optimismo razonable sobre el resultado de los esfuerzos de cambio. El cambio puede no ser efectista, pero sí que será efectivo y sostenible.

 El sector sanitario: esperanza de un cambio de paradigma

En estos momentos el sector sanitario está siendo un ejemplo de aprendizaje, en el que seguramente no habríamos caído en la cuenta, de no haber sido por esta situación de pandemia del COVID-19.

Queda fuera de duda la eficacia con la que está respondiendo el sector sanitario y la velocidad con la que se están produciendo los aprendizajes para la medicina y la industria farmacéutica. Es un ejemplo de agilidad de respuesta y liderazgo social muy valioso para el mundo de los negocios.

Las expectativas sobre las soluciones para el tratamiento de la enfermedad y los avances hacia el descubrimiento de la vacuna parecen enviarnos mensajes de esperanza y un ejemplo de cómo se trabaja en un sector de máxima cualificación y competencia profesional, sin excesivas obsesiones por la asignación de medallas.

El mundo de la ciencia y la medicina, desde sus perfiles de discreción, nos envían un mensaje esperanzador: es posible que el “homo sapiens“ no sea sólo capaz de crear grandes problemas sociales y medioambientales, sino también de trabajar de forma eficaz y silenciosa en las soluciones.

Hemos escuchado en esta pandemia un mensaje de prudencia y precaución: “nadie está a salvo hasta que todos estemos a salvo”. Es éste un mensaje que han de entender, tanto los gobiernos que se esfuerzan por acaparar los tratamientos y posibles vacunas, como los que creen en la superioridad de los enfoques tribalitas. El comportamiento del sector sanitario nos recuerda que el mundo es una pequeña aldea donde vivimos todos y que no es imprescindible una gran visibilidad social o política para conseguir un impacto social alto, con cambios que siempre han fascinado a la humanidad.

Artículo firmado por:

Carlos Padrón

Economista, Graduado en Ciencias Teológicas por la Universidad de Granada, exdirector y socio fundador del Grupo EBV Consultores, empresa dedicada a la consultoría de gestión y a formación en este campo. Es coautor del “Modelo e” de gestión estratégica.

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